lunes, 12 de enero de 2015

JULIÁN GAYARRE EN EL 125 ANIVERSARIO DE SU MUERTE









JULIÁN GAYARRE, EN SU RECUERDO

Hoy Angel Inda, en su blog se hace eco del 125 aniversario de la muerte de Julián Gayarre, el nos lo cuenta


JULIÁN GAYARRE, de pastor de cabras a tenor de fama mundial (I)


A LOS 125 AÑOS DE SU MUERTE

Llamó mi atención una esquela publicada en ABC el pasado 2 de enero donde se notificaba que al cumplirse los ciento veinticinco años de la muerte de Julián Gayarre su familia y la Fundación que lleva su nombre invitaban a recordarlo con una Santa Misa en su memoria. No es habitual cuando ha transcurrido tanto tiempo y sus descendientes pertenecerán a la quinta, sexta generación, y por ello me conmovió el gesto. Por otra parte merecido pues fue el mejor tenor español de su tiempo con fama acreditada en los mejores escenarios operísticos del mundo.
Por otra parte preciso es evocar que Julián Gayarre pertenecía a una modesta familia navarra del pueblo de Roncal y hubo de trabajar en el campo a temprana edad. Su padre le instó a que eligiera:
labrador en el terruño o pastor de cabras en la montaña, decidiéndose por la última opción. Tenía trece años. Con dos o tres más, creyendo don Mariano, su progenitor, que tendría mayor porvenir se fue con él a la capital, Pamplona, a la quincallería de un conocido suyo, quien lo tomó de aprendiz, para vender cintas y puntillas. Duró poco en ese puesto porque un día se embelesó contemplando el paso de la banda de música de un Regimiento y el patrón lo echó de su negocio. De allí, el rudo navarro entró en una herrería de Lumbier. Dando martillazos al yunque dióle por cantar jotas (como ya hacía en solitario cuando pastoreaba en los valles) con la admiración de sus compañeros, que lo animaron a que se inscribiera en el Orfeón Pamplonés.

SE HIZO EN EL ORFEÓN PAMPLONÉS

Así lo hizo, abandonando al poco tiempo la fragua y recibiendo clases de canto y música de quien sería su primer maestro, Conrado García, quien creyó nada más escucharlo que estaba ante una voz privilegiada; que debería pulir, estaba claro. El encuentro en aquel Orfeón con el sacerdote y eminente compositor Hilarión Eslava, que era del pueblo de Burlada y conocía al director posibilitó que la joven promesa del bel canto estudiara en Madrid con una beca de cuatro mil reales. Como la cantidad no era lo suficiente para supervivir en la capital de España, el mozo hubo de componérselas para obtener otros ingresos, en giras con un amigo cantando zarzuelas por los pueblos. No sin más sacrificios, se trasladó a Italia, recibió intensas clases de canto y así pudo por fin obtener la oportunidad de encabezar el elenco de una ópera, Elixir d´amore. Ese mismo día, 20 de septiembre de 1869, en su camarín del teatro de Varesse, había recibido un telegrama donde le notificaban la muerte de su madre. Cuando cantaba "Una furtiva lágrima", el público, que se había enterado de la triste noticia, lo acogió con emocionadas ovaciones.

UNA VOZ PRIVILEGIADA DE TENOR



Sería el principio de una triunfal carrera que duró veinte años de éxitos crecientes en Italia, Inglaterra, por supuesto España, Estados de Unidos y Sudamérica. Su consagración puede fijarse en la noche del 2 de enero de 1876 cantando "La favorita" en la Scala milanesa junto a la mezzo soprano Elena Sanz, la que fue ardiente amante del rey Alfonso XII. Otra señalada ocasión tuvo lugar en el Covent Garden londinense, tras cantar "Lohengrin". Un caballero de mediana estatura fue a su encuentro, y sin identificarse, le dijo simplemente: "Señor Gayarre: así soñé que fuera el personaje que usted acaba de representar. Lo felicito". Ante el lacónico halago y el gesto de extrañeza del tenor cuando se hubo marchado el visitante indagó para conocer su identidad: era Ricardo Wágner. Sorprende la anécdota, desde luego, pero así la hemos recogido de fuente que nos parece fiable. Por cierto: en los primeros años de su carrera se anunciaba con su doble nombre de pila y el primer apellido, hasta que su antiguo maestro y paisano le recomendó apeara de las carteleras el primer apelativo. De modo que pasara a la historia como Julián Gayarre. Era de carácter tozudo, noble.

15 MINUTOS DE MÚSICO CALLEJERO

Encontrándose de gira en tierras rusas, el Zar lo hizo llamar a su Palacio de Invierno para que cantara ante él. Nuestro compatriota simuló ante el enviado real hallarse afónico. Al día siguiente, el Zar, disculpándose, le hacía saber por carta que le rogaría encarecidamente pudiera complacerle, si su garganta lo permitía. Ante el cambio de actitud, Gayarre cedió. No aceptaba imposiciones de nadie.
Otra anécdota suya lo sitúa en Madrid, paseando con un amigo al anochecer cuando se dieron de bruces con unos músicos callejeros a los que ningún transeúnte hacía caso. Se acercó a ellos el tenor y se dispuso a dar un recital de quince minutos con su poderosa, bellísima voz, que atrajo en ese espacio de tiempo a un buen número de curiosos, quienes "se rascaron el bolsillo" cuando el propio Gayarre y su amigo, sombrero en mano, les invitaron a ello para entregar lo recogido a aquellos humildes violinistas. Dos decenios, apuntábamos, duró la carrera operística del inmenso tenor navarro, con un repertorio de sesenta títulos, entre los que sobresalieron sus grandiosas interpretaciones en "La Gioconda", "Meyerbeer", "El Profeta", "Los Hugonotes", "Il puritani", “La africana”, “Tanahäuser”, “Lucía de Lamermoor”, “Un ballo in maschera”…

SU VOZ SE QUEBRÓ AL DAR UN SI NATURAL

La noche del 8 de abril de 1889 en el Teatro Real de Madrid su voz se quebró de repente al dar un sí natural. "Esto se acaba", comentó a sus allegados. Eran tiempos de angustia por una aguda epidemia del llamado "dengue", una gripe que causó muchas pérdidas humanas. Julián Gayarre fallecería en su
domicilio cercano al Teatro Real el 2 de enero de 1890, justo una semana antes de haber cumplido cuarenta y seis años.
Poco se sabe de su vida íntima, que él ocultó a la curiosidad pública. Interesada la ciencia médica y no pocos aficionados a la ópera por saber cómo podía articular sonidos tan bellos e inusuales, un doctor extirpó la laringe al cadáver y tras su estudio dictaminó que presentaba una deformación en la cuerda izquierda, lo que para el tenor navarro constituía una ventaja. La laringe se encuentra depositada en la Casa-Museo sita en el pueblo de Roncal. En el cementerio descansan sus restos, bajo un mausoleo obra de Mariano Benlliure. Tres películas se estrenaron sobre su vida. La primera, de
1932, interpretada por Pepe Romeu; la segunda, que es la mejor, con Alfredo Kraus de protagonista en 1959, en tanto hubo una tercera, más discreta, con José Carreras, fechada en 1986. Y, a propósito: no se tiene constancia de que exista recogida la voz de Gayarre en ninguna grabación de las que parece existían ya en su tiempo.



JULIÁN GAYARRE, un mito que continúa creciendo 125 años después de su muerte (II)


Se cumplen ciento veinticinco años de la muerte de Julián Gayarre y el mito aún crece haciendo inmenso a un grande de la historia del canto. De la actualidad de su rastro se ocupa con detalle la Fundación Gayarre, pero para revivir el ayer hay que acudir a algunos de los muchos escritos que lo evocan, a la cabeza de todos ellos las memorias escritas, en 1891, por Julio Enciso, amigo íntimo y albacea testamentario. Él fue quien, cumpliendo deseos del tenor, destruyó buena parte de la correspondencia más íntima antes de redactar un retrato cargado de afecto en el que la crónica se sucede con una intensidad contagiosa.
El relato culmina con lo sucedido tras aquel 2 de enero de 1890, en el que la Plaza de Oriente de Madrid apareció repleta de público custodiando la puerta de la casa donde falleció el cantante. Luego, el paso del cortejo fúnebre, por la calle Mayor y la Puerta del Sol, intransitables por la afluencia de gente y donde, bajo una intensa nevada, llegó el delirio tras el grito espontáneo de «¡¡Viva Gayarre!!». De ahí a loshomenajes frente al Teatro de la Comedia, Español, Novedades, de la Zarzuela, Lara… Y, aún, en todas y cada una de las estaciones ferroviarias importantes hasta Pamplona y Roncal, el pueblo natal.
Allí había nacido 49 años antes resignado a ser pastor en las sierras del Pirineo y herrero en Lumbier, donde un día perseguió embelesado a la banda de música. Estudió en el Orfeón Pamplonés y, ayudado por Hilarión Eslava, llega a Madrid, donde progresa para acabar fracasando como corista en la Zarzuela. Es entonces cuando, gracias a la suscripción popular de sus paisanos, marcha a Italia, iniciando una carrera meteórica que le permite recorrer el país saltando a Rusia y Viena antes de debutar el 2 de enero de 1876 en la Scala de Milán con «La favorita», obra de su presentación en el Teatro Real. Desde entonces sólo se registran hazañas históricas.

Más de 60 óperas

Gayarre tuvo en repertorio más de sesenta óperas, estrenando «La Gioconda» de Amilcare Ponchielli y casi a punto de encargarse del «Otello» de Verdi. Todo ello en una época en la que el teatro era propiedad de los cantantes. Sin director de escena, sin escenografías específicas en muchos casos y con los divos usando su propio vestuario, la atención se centraba en aquel que era capaz de provocar en el oyente «escalofríos de conmoción… una experiencia angelical… del paraíso», según describió la soprano Gemma Bellincioni.
Más centrado en el análisis, el crítico Antonio Peña y Goñi escribió que Gayarre era «un tenor serio, de timbre varonil, vibrante, hermosísimo… un verdadero huracán que arrastra cuanto encuentra a su paso… y capaz de apoyar la voz en la cabeza hasta convertirla diminuta y dulcísima». Con Gayarre se vuelve a las esencias belcantistas abandonadas en favor de voces más robustas y modernas.
Pero también se aclara que «el tenor mataba al personaje», pues Gayarre era un actor sobrio, que eludía el estudio minucioso y concienzudo de la dramaturgia, lo propio del hombre culto e intelectualmente inquieto. En eso revelaba su origen humilde, «una cierta rudeza indómita, honrada y brusca» que daba expansión a los medios que le había dado la naturaleza y despreciaba la instrucción, prefiriendo, en los descansos, jugar al mus o echar unas carambolas como el más insignificante y vulgar de los mortales. Hombre de «alma tan hermosa como su voz»: fiel a la familia, a los amigos y a Roncal, al que regaló unas escuelas públicas y un frontón donde él mismo jugaba. Así era en cercanía el republicano y el liberal, alguien abiertamente simpático ante todo lo vascongado, según se decía en la época, ya fuera la lengua o las costumbres.

«¡Esto se acabó!»

En 1958, Alfredo Kraus lo evocó en la famosa película de Domingo Viladomat, la mejor de las tres hechas a partir de su biografía. En ella también se recrea aquella fatídica noche del 31 de octubre de 1889, en el Teatro Real, cuando por dos veces rompió el do de la romanza de «Los pescadores de perlas». «¡Esto se acabó!», fueron las últimas palabras de quien ya se sabía enfermo.
En Roncal está el panteón-mausoleo esculpido por Mariano Benlliure bajo el que permanece el cuerpo embalsamado del que se extrajo la laringe para su estudio. Apenas queda otra cosa de una voz irrecuperable, imposible de reproducir, a pesar de que una revista de la época llegara a publicar la sorprendente noticia de una supuesta grabación captada en una lámina de plata, de la que se regalarían copias a los espectadores que acudieran al Teatro Real de Madrid a escucharlo cantar Meyerbeer. Algo digno de quien llegó a ser una leyenda en vida.








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