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AYUNTAMIENTO DE PAMPLONA |
PAMPLONA, CON LOS OJOS DEL VIAJERO
Para todos los lugares la opinión de los que nos visitan es importante para mejorar en lo posible lo que ya tenemos y dotar de aquello que nuestros visitantes necesitan y no lo encuentran, doy las gracias al blog eduyeriviajes.com, por su visita y por los comentarios hacia nuestra ciudad, gracias
Navarra ’09 – Capítulo III: Pamplona (Día 2)
Cuando llegó la noche en el camping nos dimos cuenta de que éramos la única tienda de campaña, ya que el resto estaban en bungalows y caravanas. La explicación vino como a las 02:00 o a las 03:00… ¡ESO SI QUE ERA FRÍO! Pero bueno, lo que no mata engorda, y tras pasar una noche como cubitos de hielo (cosa que no nos volvió a pasar, porque desde ese día dormimos con 3 mantas) cogimos el coche a primera hora y nos fuimos a pasar el sábado entero a la capital de Navarrra: Pamplona – Iruña.
Por un error de cálculo aparcamos al principio de la calle y no al final, por lo que tuvimos que andar un par de minutos más. Sin embargo, fue un paseo agradable -hacía muy buena temperatura- por el parque que hemos dicho. Era sábado y se notaba ambientillo: desde parejas con sus hijos pequeños hasta grupos de piragüistas entrenándose en elrío Arga.
Una vez cruzamos el río nos dimos cuenta de que la fiesta más internacional de Pamplona, los Sanfermines, son un elemento omnipresente en cualquier rincón de la ciudad. Todo está indicado en la ciudad, desde el recorrido de los encierros hasta lugares con anécdotas concretas. Al final, da igual que se quiera o no, se acabará viendo cosas relacionadas con la fiesta en honor a San Fermín. Por cierto, una de los primeros edificios que vimos al margen de dicha celebración fue el Palacio de los Reyes de Navarra, que en la actualidad es el Archivo Real y General de Navarra. Luego hablaremos de ello, porque unas horas más tarde pasamos por la puerta del edificio.
Pamplona es una ciudad para ir con los ojos bien abiertos desde el principio hasta el final, pues aquí y allá hay algo que te puede llamar la atención: desde un edificio precioso que incomprensiblemente no viene marcado en el plano turístico hasta alguien vestido con un traje típico navarro.
Volviendo a los Sanfermines, por puro azar entramos en la ciudad siguiendo el recorridodesde el inicio. Dado que dejamos el coche en la parte baja, tuvimos que subir hacia la zona vieja por la famosa Cuesta de Santo Domingo, aunque por suerte no había ningún toro por los alrededores. Otro de los lugares de culto de la famosa fiesta es la figura deSan Fermín, en la cual la gente se pone a cantar aquello de “A San Fermín pedimos…”.
“A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición” |
Pasamos por allí un par de veces durante nuestra visita a Pamplona, y siempre había alguien con un periódico enrollado cantando la canción recordando uno de los momentos más célebres de los Sanfermines. Por cierto, el recorrido de los encierros está señalizado tanto en los planos como a pie de calle, por lo que es imposible perderse.
Subiendo un poco más por esa calle llegamos a una pequeña plaza en la que nos llamaron la atención dos cosas: un antiguo mercado del año 1876 -o al menos eso decía la inscripción de la fachada, que muchas veces tomar eso por referencia lleva a error- y un homenaje al Camino de Santiago en el suelo de la Plaza de Santiago. Son muchas las referencias a la ruta de los peregrinos en Pamplona, pero esta nos pareció especialmente bonita.
Desde esta plaza cruzamos una calle, subimos unas escaleritas y llegamos a la Iglesia de San Saturnino, también conocida como Iglesia de San Cernín. Es un edificio monumental, aunque quizá no impresiona tanto por estar rodeado de construcciones de un tamaño similar. Está hecho en estilo gótico -fue construida entre los siglos XII y XV- y aunque hoy es una visita obligada antaño tuvo mucha más importancia, pues era el centro religioso del antiguo núcleo urbano pamplonica. Merece la pena pasar a ver su interior, tanto por su poco frecuente arquitectura -al menos en Navarra- como por los retablos que la adornan.
Cuando salimos de la iglesia la calle estaba llena de gente vestida con trajes típicos de Navarra. Más tarde nos enteramos que ese día se celebraba una especie de festival folclórico en el que los colegios de la ciudad -y otros venidos de fuera- salían a las calles a darlo todo. Con todo el barullo nos fue difícil encontrar el famoso pozo en el que San Saturnino bautizó a los primeros cristianos de la ciudad, entre los cuales el más ilustre es el propio San Fermín.
Muy cerquita de San Saturnito había un estrecho callejón conocido como Belena Portalapea, el cual se ha formado a partir de unas antiguas murallas que cayeron en desuso y que se fueron utilizando como muros de carga en los edificios que se construirían posteriormente. Dentro está la torre de Johan Caritat, uno de los muchos elementos defensivos con los que contaba este antiguo recinto amurallado.
Y siguiendo con lugares relacionados directa o indirectamente con los Sanfermines llegamos a la parte de los encierros más emblemática: la Calle de la Estafeta o Estafeta Kalea. Es una calle con un aspecto similar a las del casco viejo de Donostia o de Bilbao, y en ella siempre pasan cosas. Fundamentalmente la calle está poblada por bares de pintxos y tiendas de souvenirs, por lo que es el lugar indicado para comer (cosa que hicimos un rato más tarde). Cuando andábamos paseando había un grupo de gente cantando a la entrada de un bar de pintxos, y según nos contaron es gente que se reúne sin más por el simple hecho de pasar la mañana del sábado con amigos y aperitivos.
Más o menos a mitad de Estafeta hay una pequeña calle que va a parar a la Plaza del Castillo, otro de los lugares con más actividad de la ciudad. Es una plaza enorme, preciosa y con un ambiente muy ecléctico: desde cafés al más puro estilo parisino hasta señores con boinas 100% navarros. Para tener una buena perspectiva de la plaza lo mejor es ir al kiosko que hay en el centro, desde el cual se divisa todo perfectamente (aunque no a salvo, ya que había unos niños jugando a la pelota).
Antes hemos hablado de que había un festival de bailes regionales ese día pululando por las calles, y cuando ya nos íbamos a bajar del kiosko apareció por un lado de la plaza en todo su esplendor. Unos quince o veinte grupos, cada uno con su música y su baile diferente, fueron entrando uno a uno en la plaza, y nosotros pudimos disfrutar y aprender desde un lugar privilegiado en el que se veía todo sin aglomeraciones y con una buena perspectiva. Evidentemente no vamos a llevar en el MP3 ese tipo de música, pero la verdad es que era muy pegadiza y fue muy divertido poder conocerla de primera mano.
Cuando ya vimos unos cuantos bailes, nos fuimos hacia uno de los laterales de la plaza para poder bordearla y conocer hasta el más mínimo detalle. Lo que más nos gustó fueron algunos jardines con flores, el Palacio del Gobierno de Navarra (del siglo XIX) y una estatua de Carlos III el Noble. Si Estafeta es un sitio animado, este no se queda atrás, pues además de la gente bailando (que todavía tenía cuerda para rato) había una manifestación contra la crisis económica en un lado y un montón de gente vendiendo sellos y monedas antiguas en el otro.
A mitad del paseo está la Iglesia de San Nicolás, que en tiempos fue el motor dinamizador del burgo del mismo nombre. La iglesia como tal data del siglo XII, pero ha sido totalmente reformada a lo largo del tiempo, siendo quizá la obra más representativa la realizada en 1887, un siglo antes de que naciéramos, cuando se dotó todo el perímetro de unos llamativos arcos.
Si se sube por cualquiera de las dos calles que bordean la Iglesia de San Nicolás se llega a la Plaza de San Francisco, en la cual hay varios puntos de interés a destacar. El primero es la Oficina de Turismo de la ciudad, a la cual siempre se puede pasar a por un plano (nosotros ya llevábamos uno que cogimos en el camping). También hay unaestatua de San Francisco de Asís, y un par de edificios que representan la arquitectura de la primera mitad del siglo XX en Navarra.
A estas alturas ya nos rugían las tripas, pero quisimos ir a ver un edificio un pelín alejado para luego volver a la zona vieja. Más que un edificio, fuimos a ver un parque, pues laCiudadela de la ciudad es hoy en día la principal zona verde de Navarra. Fue construida por mandato de Felipe II, que en sus ansias de defender el importante enclave navarro construyó un sistema defensivo enorme que incluso fue determinante en la invasión francesa de 1808. 80 años más tarde, en 1888, se demolieron algunas partes, pero en general la ciudadela está perfectamente conservada, y hoy se ha reciclado su uso en forma de parque, centro de exposiciones y centro geográfico de la ciudad. Nosotros dimos un paseo solo por una parte, pero es tan enorme que no pudimos recorrerla entera -además las tripas hacían cada vez más ruido-.
Una vez recargamos las pilas, aprovechamos que estábamos en Estafeta y bajamos la calle hasta ir a parar al final de los encierros: la Plaza de Toros Monumental de Pamplona. Obviamente, la actividad en Semana Santa es mucho menor que entre el 7 y el 14 de julio, pero aun así había turistas viendo la plaza y los alrededores. A la entrada de la plaza hay algunas vallas de madera de esas que marcan el recorrido en los Sanfermines, y en uno de los laterales, en el Paseo Hemingway, hay una estatua en conmemoración de Ernest Hemingway, una de las personalidades que más han ayudado a la difusión de la fiesta pamplonica fuera de España.
En definitiva, Pamplona es una ciudad que vive por y para los Sanfermines. Es imposible ver una calle en la que no haya una referencia a la fiesta, algunas sutiles como los carteles que marcan el recorrido de los encierros y otras más voluminosas, como elMonumento al Encierro que el escultor bilbaíno Rafael Huerta elaboró en la Avenida Roncesvalles. Es una escultura impresionante en la que mozos y morlacos están hechos a tamaño real, lo cual da una idea a gente como nosotros, que salvo imprevisto no tenemos intención de ponernos delante de un toro, del miedo y la tensión que debe suponer tener a esos bichos corriendo a unos pocos pasos.
Tras visitar todo lo anterior en principio ya está vista la zona más turística de Pamplona. Sin embargo, la zona noreste de la ciudad también merece la pena, pues hay un montón de atractivos: desde el Palacio Arzobispal del siglo XVII hasta las murallas que protegen la ciudad de fines del XVI. Por cierto, en esta zona está la Catedral de Santa María. Es curioso que la catedral no sea el epicentro de la ciudad como en la mayoría de las ciudades, pues en Pamplona ocupa un lugar marginal en comparación con Estafeta o la Plaza del Castillo. De todas formas no es la más bonita que hayamos visto, y además dicen que el interior es lo más importante -no pudimos verlo, pues tiene un horario un tanto extraño-.
Si se sigue yendo hacia el noroeste se llega al Rincón del Caballo Blanco, una zona encantadora propia de la Tierra Media de Tolkien. El edificio que da nombre al lugar es elMesón del Caballo Blanco, un edificio de los años 1960 construido con aspecto medieval. Al lado del mesón hay una gran cruz, una capilla y unos cuantos parques, además del Baluarte del Redín, un baluarte de las murallas que data del siglo XVI y que hoy es un mirador hacia el monte San Cristóbal. Es una zona preciosa, aunque por su ubicación suele hacer viento y a veces es un poco desapacible.
Siguiendo en la parte alta, aunque ya bajando, llegamos a dos edificios interesantes: laIglesia de San Fermín de Aldapa, con una estructura de inicios del siglo XVIII y una fachada de fines del XIX; y el Palacio de los Reyes de Navarra, que ya vimos desde la parte baja unas horas antes, al llegar a la ciudad. Todo aquí está cuesta abajo, y prácticamente sin querer se va a parar otra vez a la zona del Ayuntamiento.
Se estaba muy a gusto en la plaza y nos había llamado mucho la atención la fiestecilla, por lo que estuvimos allí sentados como una hora viendo a los niños cortar y cortar troncos -algunos círculos de madera que estaban tirados en el suelo y que nadie quería se vinieron a casa-.
Después de casi dos horas en el museo decidimos volver a casa, no sin antes dar una vuelta por el Paseo de Ronda, donde pudimos emular el recorrido que antiguamente hacían los vigías para controlar el horizonte. Hay algunas torres de vigilancia modernas, y aunque hay que subir un poco merece la pena por las vistas que se tienen.
Y así fue como llegamos al final del día, pues aunque aun era pronto queríamos volver para ducharnos antes de que fuese de noche -el día anterior nos duchamos a las 22:00 y nos quedamos congelados-. Eso sí, nos fuimos con una grata impresión de la capital del “Reyno de Navarra”: una de las ciudades más bonitas que hemos visitado hasta ahora, sin duda.
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